Poderosos responsables de la toma de decisiones, desde jefes y jefas de Estado hasta cargos directivos de empresas petroleras, quieren que creamos que el futuro de nuestro planeta está en nuestras manos. Quieren que creamos que, si reciclamos lo suficiente o dejamos de utilizar plástico de un solo uso, podemos detener la crisis climática y las violaciones de derechos humanos que ésta conlleva.

Quieren que creamos que la solución radica en la acción individual y no en poner fin a la codicia empresarial.

Eso es sencillamente falso.

La economía de hoy basada en los combustibles fósiles la impulsan y financian empresas y autoridades gubernamentales que se benefician del sistema actual. Son quienes deciden si seguimos extrayendo y quemando combustibles fósiles, lo que da lugar a que haya niños y niñas que crecen con asma y otras enfermedades respiratorias en las ciudades muy contaminadas, o agricultores que pierden sus medios de vida a causa de la sequía o de lluvias catastróficas.

Pero todavía hay esperanza. Los gobiernos están legalmente obligados a reducir y abandonar gradualmente de forma rápida las emisiones de combustibles fósiles; no hacerlo constituye una violación de nuestros derechos humanos más fundamentales. Los gobiernos de los países que más han contribuido al cambio climático deben ser los primeros en actuar y deben llevar a cabo las mayores reducciones.

Entre los derechos que se vulneran están el derecho a la salud, el derecho a la alimentación, el derecho a la vivienda e incluso el derecho a la vida. Si trabajamos conjuntamente y generamos suficiente ruido, podemos crear un camino viable para el cambio.

Aún no es demasiado tarde para sembrar las semillas de un futuro sin combustibles fósiles.

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